¿usarlos o no?
¿Quién no se ha encontrado en el dilema de usar alguno? Yo no… Hasta hace un tiempo. Era fácil para mí puesto que desconocía de ellos y mi madre me enseñó a usar las clásicos toallitas. Y así había sido siempre, incluso cuando me enteré de su existencia yo estaba muy cómoda con mi “serena”.
Si acaso me enteraba que quienes nadaban las usaban, y alguna que otra cosa, pero mi percepción era: tampones = incómodos.
Sumando a eso el hecho de que un tiempo ni necesité de las toallitas, pues las pastillas anticonceptivas me ahorraron el disgusto durante varios meses… Hasta que las dejé.
Entonces, en algún momento entré al dilema. ¿Usar tampones o no? No me afanan su modo de uso (eso de llevar un corcho ahí no va conmigo) pero un día de reunión familiar me incitaron a entrar a la piscina, yo por obvias razones no podía, pero no quería perderme de la diversión. Sabía que un tampón era mi opción en ese momento, pero no tenía ninguno a la mano y estaba algo lejitos del centro.
Por suerte mi mamá tuvo que salir a por algunas compras y la acompañé. Fue cuando entré a una farmacia y pregunté por esa madre (como diría una amiga mexicana). Compré una marca que tenía un estuche curioso “de regalo” (o sea, para lo caro que estaba mínimo un regalito).
Llegué a casa y vino el otro dilema… Ya tenía idea de cómo funcionaba, pero nunca antes había usado alguno. A leer las instrucciones, “no es tan difícil” pensé, y manos a la obra. Abrí, giré, acomodé, y a ponerlo.
De ser usado correctamente, ni se siente, decía el empaque… ¡Ni se siente mis bolainas! Sí se siente, está ahí, y me sentía como botella de vino con un corcho encima. Lo ignoré y me metí a la piscina, me divertí con mis tías y primas, y luego a volver y a quitarlo.
Otra interrogante… ¿Si jalo del hilito que cuelga, no se romperá? ¿No se quedará dentro? OMG! Trauma total y a quitar el cosito con cuidado. No pasó nada, todo bien, y yo estaba sana y salva.
Hoy me vi nuevamente frente al dilema. No, esta vez no había piscina, no tenía mis toallitas habituales y los tampons eran los únicos que tenía. Ya debía de salir e ir a la oficina, así que no tuve mucho que pensar. Abrir, girar, acomodar y poner nuevamente.
Siguió igual de incómodo. Me pregunté si quizás me lo puse mal, pero pensé que entonces somos miles de mujeres que lo hacemos mal. Por otro lado no tengo costumbre, quizás eso aumenta mi incomodidad.
Pero sorprendentemente me hizo un buen trabajo. Vi con sorpresa y alegría que tenía una mayor higiene. Yo ya había comprado mis eternas toallitas, pero me lo estoy pensando bien… Quizás deba darles una oportunidad, quizás pueda obviar el hecho de sentirlo (con la costumbre del uso), quizás me sea más conveniente (son más disimulados que el cudradito en bolsita), y lo mejor es que son súper higiénicos.
No les voy ni a favor ni en contra, no tengo predilección por ninguna marca, simplemente quise escribir esta anécdota, de seguro hay muchas como yo, que se ven envueltas en el dilema.
Me dijeron…